Truco o trato en Davos

28/01/2020 | Revista Norte

Por 400 millones de dólares, ¿sabría decir el nombre de la ONG que desde hace 50 años reúne a cientos de políticos, empresarios, académicos y periodistas en un resort vacacional suizo? 

Por Miguel Urbán* / Público

Que el Foro Económico Mundial tenga entidad legal asociativa es solo la menor de las bromas macabras que solemos escuchar cada año desde Davos. Un bunker ultra-securizado, aislado y con todos los lujos pagados, en pleno paraíso fiscal centroeuropeo. Hay imágenes tan crudas del capitalismo global que, si no existiesen, costaría imaginarlas.

Este año el Foro de Davos ha estado dedicado oficialmente al cambio climático. La igualdad de género, estrella invitada hace unos años, también encabezaba algunos de los paneles de debate en los que han participado Greta Thunberg, Joseph Stiglitz o la agencia de Naciones Unidas para el empoderamiento de las mujeres UN-Women. Pero en Davos el pescado se guisa a puerta cerrada y se sirve en bandeja de plata. Quien solo se pasee por sus pasillos (tampoco le deseo semejante tortura a nadie, la verdad) o asista a las conferencias oficiales, apenas percibirá la punta de un iceberg que se esconde en reuniones privadas, encuentros bilaterales y “comidas de trabajo” donde las élites políticas y económicas del mundo parten y se reparten el bacalao.

Pero nunca está de más asomarse también a esa cara oficial de este cónclave del poder mundial. Porque en las declaraciones públicas de los Trump, Putin y compañía a veces se esconden crudas verdades, bromas pesadas o palabras escondidas que señalan el camino oculto del futuro del capitalismo financiarizado. Y es que en estos días de cumbre ha sobrevolado el pesimismo creciente que traen los grandes hombres de negocios en sus maletines. Y no precisamente motivado por la emergencia climática que anuncian los carteles de las salas de conferencias, sino por el rumbo de la economía mundial. Porque según la encuesta anual de la auditoría PwC, el 53% de los grandes ejecutivos del planeta prevé una desaceleración del crecimiento en el próximo año. Los mismos empresarios e inversores que, por cierto, colocan el cambio climático en el puesto 11 de su escala de preocupaciones.

Los ánimos empresariales no estaban de hecho tan bajos desde 2008. Precisamente el año del estallido de la última gran crisis económica. Aquellos años, quienes se paseaban por Davos hablaban de una necesaria reforma moral del sistema económico mundial. Recordemos a Tony Blair asumiendo repentinamente que “el capitalismo no puede funcionar si no se basa en valores compartidos y de justicia”, o al entonces presidente francés Nicolas Sarkozy denunciando los “excesos de una economía entregada a la generación de beneficios” y defendiendo la “moralización del capitalismo para poner la economía al servicio del hombre” (sic).

Pero no solo entre la clase política parecía florecer esa urgencia por dotar de rostro humano al poder corporativo. Entre sus propias filas, ejecutivos del banco HSBC, como Stephen Green, arengaban en Davos que “sin valores en las firmas, la regulación no hará el trabajo por nosotros”. Qué casualidad que pocos años después su banco se viese implicado en la Lista Falciani, uno de los mayores escándalos recientes de evasión fiscal y lavado de dinero. Una excelente vara de medir la distancia entre las bonitas palabras refundadoras y la cruda realidad del capitalismo realmente existente. La misma brecha que separaba los alegatos por la refundación moral de una economía en crisis y las políticas de ajuste estructural que justo después de aquellas declaraciones comenzó a implementar la Troika contra las clases populares europeas.

De hecho, según la OIT (Organización Internacional del Trabajo), desde que hace diez años se hablaba en Davos de reformar el capitalismo para humanizarlo, hasta hoy, las rentas del trabajo no han parado de perder peso en la economía mundial a costa de engrosar los bolsillos de una minoría privilegiada cada vez más enriquecida. Solo en España el conjunto de las y los trabajadores hemos perdido de media cada año 64.500 millones de euros. Básicamente lo mismo que supuso el rescate-fake del sistema bancario. Pero cada año. Ya es mala suerte que nadie hable en Davos de este aumento de la desigualdad…

Lo que sí hemos tenido de vuelta este año, posiblemente motivado por una nueva crisis global a la vista, es el reestreno de aquella vieja tradición del Foro de Davos de publicar un manifiesto de la cumbre. Y, ahora como hace diez años, el objetivo de los allí reunidos apunta a “construir un mundo más sostenible e inclusivo”. Cuestionado el libre mercado auto-regulado y amortizada la novedad de las nuevas tecnologías de la información, lo “verde” se erige como el nuevo mantra y barniz renovador del capitalismo global. Y ahora como entonces, aprendamos la lección y apretemos los puños si oímos hablar de renovar la economía, porque ya sabemos a quiénes nos pasarán la factura y dónde quedarán todos los cambios anunciados a bombo y platillo.

Hablando de cambios, Pedro Sánchez también ha estado en Davos estos días, buscando tranquilizar a los inversores internacionales sobre el nuevo gobierno de coalición con Unidas Podemos. Su mensaje ha sido claro: cambian las caras, pero se mantiene la política económica. ¿ Cambia todo cambia para que cambie nada cambie ?

Y sin embargo hay algo que pasaba cerca de la estación de esquí de Davos y que debería preocuparnos tanto o más que lo que allí dentro de cuece: el desinflamiento de la contra-cumbre que cada año organizaban los movimientos sociales a las puertas de las élites políticas y empresariales mundiales. Unos encuentros que señalaban con el dedo acusatorio a quienes se reunían en el Foro Económico Mundial, que fueron germen y motor fundamental del Foro Social Mundial y del movimiento altermundialista, y que sobre todo, más allá de la denuncia, eran una pieza central en el diseño y construcción de alternativas para otro mundo.

Alternativas que pasan ineludiblemente por el combate contra la desigualdad. De todas las desigualdades crecientes, plurales e interconectadas. Alternativas que intervengan en las realidades que son fuente y reflejo de esa desigualdad, como la fiscalidad, la precariedad, la austeridad o el poder corporativo. Necesitamos volver a poner en el centro del debate la redistribución de la riqueza y de los recursos como eje central de un programa ecosocialista que lejos de tranquilizarles, asuste a quienes se reúnen en Davos. Porque nuestro combate es contra las élites que provocan desigualdad y emergencia climática, y contra quienes se aprovechan de ello para convertir a los más golpeados por sus consecuencias en chivos expiatorios y exculpatorios de los verdaderos responsables del expolio. Unos y otros nos encontrarán de frente en la lucha por otra Europa y por otro mundo que tenga en el combate contra la desigualdad uno de sus pilares fundadores y fundamentales.-

*Miguel Urbán es eurodiputado de Podemos.

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